Una teoría de la propiedad y la compraventa (los enemigos del comercio) – Antonio Escohotado

Fragmentos de la trilogía del pensador Antonio Escohotado que señala al comunismo cristiano como los primeros “enemigos del comercio ”  

Jesus predica: “¡Malditos seáis los ricos, que disfrutasteis ya de vuestra felicidad!». Su hermano Iago o Jacob (el apóstol Santiago), abunda en ello:

«Vosotros los ricos, llorad a gritos sobre las miserias que os amenazan. Vuestra riqueza está podrida, vuestra ropa roída de polillas […] Habéis atesorado para una edad que termina. Clama el jornal de los obreros que han segado vuestros campos, defraudado por vosotros, y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido en delicias sobre la tierra, entregados a los placeres, y habéis engordado para el día de la matanza».”

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Una teoría de la propiedad y la compraventa. 

Aunque el Nuevo Testamento sea incondicionalmente pobrista, sólo aborda de modo parabólico el conflicto entre culto a la Providencia y negocio jurídico, una institución basada en que los pactos tendrán fuerza de ley entre las partes. La Patrística colma ese vacío, argumentando desde distintos ángulos que la tesis subyacente al contrato —un acto libre y al tiempo vinculante— ridiculiza los presupuestos de una sociedad centrada en el deber de compartir. Su formulación ejemplar, aceptada sin discusión durante más de mil años, es que la compraventa perjudica por fuerza a alguno de los contratantes. Como los bienes constituyen una magnitud fija, los gastos de unos no multiplican los ingresos de otros, y cuantos más ricos haya más pobres habrá.

Clemente de Alejandría, precursor de los Padres griegos, insistió en que gestionar las haciendas exige el asesoramiento de algún santo o clérigo. Basilio de Cesarea “presenta el comunismo espartano como sociedad modélica, y Juan Crisóstomo («boca de oro») aprovecha un sermón sobre la primera comuna de Jerusalem para destacar el «inagotable tesoro formado por la puesta en común de todos los bienes».

Si Constantinopla se hiciese comunista su «plétora» se reproduciría por generación espontánea, como los bosques o el ganado. De hecho, bastaría crear una comuna de «cincuenta mil pobres» para comprobar que estaban destinados a ser los más “felices, un evento del máximo valor testimonial

«¿Acaso no haríamos así de la tierra un cielo? ¿Quién desearía luego seguir siendo pagano? Creo que nadie. Todos querrán unirse y ser favorables a nosotros».

San Ambrosio argumenta que la propiedad privada es una usurpación, y que adquirir riquezas resulta imposible sin cometer injusticia. En su comentario al quinto día de la Creación declara que el dominio sobre muebles e inmuebles es antinatura, insinuando que el pecado original pudo ser un acto de avidez llamado prima avaritia.

La caridad constituye un «derecho» de los pobres, pues por su mediación recobran algo que les pertenece. San Jerónimo añade que el beneficio de alguien sólo puede provenir del perjuicio sufrido por otros, y san Agustín completa esa perspectiva identificando el deseo de «comprar barato y vender caro» como vicio social por excelencia.

El comercio no es compatible con una sociedad basada sobre “la justicia”.

En definitiva, «los bienes terrenales fueron creados para todos […] y sólo el pecado de codicia explica diferencias tan flagrantes entre quienes tienen y quienes no». Bien sea por haber dado en limosna los propios bienes, o por no haberlos tenido nunca, lo esencial de la comuna cristiana es que todos puedan vivir con modestia aunque sin agobio. Ello exige que la libertad de regalar o ayudar no exista, pues «cualquier acto de beneficencia es […] mero cumplimiento de un deber, que “no se agota con la primera acción y continúa existiendo mientras persista la ocasión determinante».

La relación entre el acomodado y el necesitado es independiente de que uno sea frugal y otro despilfarre, porque se trata de un vínculo «puramente ético». Como aclaró Jesús, «si sólo prestas esperando la devolución ¿qué mérito acumulas? […] Debes prestar sin esperanza de que te sea devuelto».

Idéntico en esto al pecado carnal, el de codicia tolera un intercambio supuestamente autónomo que empieza relajando las buenas costumbres y desemboca en una movilidad social mórbida, llamada a dividir cada comuna en ricos y pobres. El gran principio dice que los seres humanos carecen de patrimonio particular legítimo: o son de Dios o son del César. «Por derecho divino la tierra es del Señor, y suyo es todo cuanto contiene», mientras por derecho humano pertenece «a los reyes y emperadores del mundo». Al hacerse propietarios los hombres relativizan a ambos jerarcas en mayor o “menor medida. El dios Término, insiste Agustín, es la flaqueza misma.”

Pasaje de: Escohotado, Antonio. “Los enemigos del comercio I.” 2008-01-01.

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