Cataluña en la España de los Austria (II)

A medida que crece la polémica sobre el secesionismo de algunos catalanes, creo que los planteamientos históricos van teniendo más y más importancia. Y así hemos tratado de exponerlo en una serie de artículos en República.com, sobre los cuales he recibido numerosas observaciones de los lectores, que les agradezco muy sincera y cordialmente. Porque están ayudando a que vaya perfilando mi libro “¿Adónde vas, Cataluña? Cómo salir del laberinto del independentista”.

Y precisamente por la importancia del conocimiento de la Historia, hoy vamos a entrar en una fase de la relación del conjunto de España con Cataluña, de especial interés y virulencia, que puede ser ilustrativa para los que estamos dentro del ruedo ibérico.

Me referiré, pues, en este jueves 27 y el próximo 6 de marzo, a Cataluña en tiempos de los Austrias (1517/1700)

El declinante Mediterráneo

La toma de Constantinopla por los turcos en 1453, y la apertura de la ruta del cabo de Buena Esperanza por los portugueses, en busca de las especias, interrumpieron y desviaron las antiguas rutas comerciales del Mediterráneo, lo que marcó el inicio de una larga decadencia de los países ribereños del viejo Mare Nostrum. Y en Cataluña, a esas circunstancias generales adversas se sumaron a los efectos de la peste negra y las disensiones civiles de la época de Juan II (1462-1472), con el resultado de una situación económica muy desfavorable.

Por otro lado, al unirse en los Reyes Católicos, en 1479, las coronas de Aragón y Castilla, ese hecho se tradujo, políticamente, en una gradual pérdida de peso específico de la confederación aragonesa en el conjunto de los reinos peninsulares, en paralelo a una clara preeminencia castellana, por la expansión en curso hacia las Indias Occidentales (las Américas); y en el Océano Pacífico, sobre todo Filipinas con su singular comercio Manila-Acapulco-Veracruz-Sevilla, del Galeón de Manila o Nao de la China, una muestra iniciada en 1565 y que perduró hasta 18191.

Por otra parte, durante los casi dos siglos en que rigió en España la dinastía de la casa de Austria, en Cataluña proliferó el bandolerismo, amén de las incursiones de piratas berberiscos; con los efectos también muy negativos de las continuas hostilidades de España con Francia, que entrecruzaban sus ejércitos en el Pirineo. Lo que generaba la frecuente presencia de tropas de la Monarquía en territorio catalán, creándose por ello conflictos que a menudo fueron por simples cuestiones de etiqueta o protocolo; o problemas jurisdiccionales entre los representantes del rey y las autoridades del país, o por las apremiantes necesidades del erario del monarca que chocaban con el régimen fiscal propio del Principado.

Las pretensiones del Conde Duque de Olivares2

En cualquier caso, las situaciones críticas de tensión señaladas, fueron resolviéndose en paz, hasta 1640, cuando se generó el gran conflicto que se inició con el Corpus de Sangre. Que surgió, principalmente, por la política del Conde Duque de Olivares, de homogeneizar toda la Monarquía Hispánica. De lo que fue un episodio significativo el proyecto de crear la Unión de Armas, a fin de disponer España de un ejército permanente de unos 140.000 reservistas; a reclutar y mantener por las diferentes provincias, reinos y virreinatos, de acuerdo a sus respectivas posibilidades y necesidades. Para lo cual, a partir de 1626, Felipe IV fue convocando las distintas Cortes, a fin de obtener los subsidios necesarios para el proyecto; que fue aceptado por Aragón, Valencia y Mallorca, pero que encontró la más dura oposición en Cataluña.

En definitiva, el Conde Duque, como valido de Felipe IV, pretendía ir a una mayor unión de los diversos territorios de la Monarquía Hispánica, al igual que estaba haciendo el absolutismo en toda Europa. Pero tropezó con la renuencia catalana, por el alojamiento en ciudades y pueblos que había de facilitarse a los soldados, oficiales y jefes de Felipe IV, que originó toda clase de reacciones en contra. Esas tropas eran las destinadas a la contienda directa con Francia, en lo que genéricamente se llamó laGuerra de los Treinta Años (1618-1648); que sacudió los fundamentos de los reinos peninsulares de los Austrias, pues a la postre significó la separación de Portugal, que estaba unido a España en una misma corona desde 1580 con Felipe II.

El Corpus de Sangre y la guerra de Cataluña

Ese ambiente de hostilidad hacia las fuerzas reales por los payeses de los pueblos de Cataluña (que por las Constituciones del país no estaban obligados a la prestación de alojamiento), explotó el día del Corpus de 1640, el 7 de junio; con ocasión de producirse la tradicional presencia en Barcelona de unos 2.500 segadors que llegaban para la recolección cerealista en las campiñas aledañas. Eran gente bulliciosa y peleona, que en medio de las tensiones existentes, se mofaron de los soldados reales, para luego entrar en refriega con ellos, a veces en pretendida defensa de las libertades catalanas.

El resultado, al final, fue todo un levantamiento popular contra la autoridad real, que culminó con la muerte del Virrey Conde de Santa Coloma. Y aunque al día siguiente la Generalidad se hizo cargo de la situación, ofreciendo solucionar el caso, ya no fue posible: en todas las poblaciones de Cataluña, se hostilizó a los soldados, ante el total desconcierto de los jefes militares3.

Cuando la noticia de lo sucedido llegó a la corte en Madrid, se encontraba allí fray Bernardino de Manlleu (capuchino, embajador extraordinario de la Generalidad en la Corte de Felipe IV), con el encargo de informar al rey de la situación de Cataluña, elevando la propuesta de retirar las tropas reales y sustituirlas por milicias propias4. En caso de negarse a esa petición, se ofrecía otra más moderada: que ciertos jefes militares fueran cesados y que se hiciese más llevadera la carga de los alojamientos.

Olivares recibió con desconfianza tales proposiciones, sobre todo después de que el asesinato del Conde Santa Coloma hubiera dejado sin virrey a Cataluña. Urgía nombrar otro y el Conde Duque eligió a un noble de ilustre casa catalana, respetado de todos y que ya había sido virrey anteriormente: Enrique de Aragón, duque de Cardona.

En esos días, la Generalidad envió a Felipe IV otra embajada, de nueve diputados y un conceller, que fueron detenidos antes de llegar a Madrid, en Alcalá de Henares, para ser finalmente recibidos por el Conde-Duque, que personalmente ya estaba resuelto a ir a la guerra y acabar con el rechazo catalán de la Unión de Armas. Sin embargo, para cohonestar tan grave resolución, el valido del rey reunió una Junta Magna, de secretarios y consejeros, ante los cuales hizo leer un papel titulado «Justificación real y descargo de la conciencia del Rey». Se manifestaron después diversas opiniones, y se acordó finalmente que el monarca debía salir de Madrid, con el pretexto de tener Cortes generales de Aragón; precedido de un ejército, el cual, “si por ventura no era necesario emplearlo en Cataluña, en la primavera siguiente serla muy útil en el Rosellón contra Francia”5.

En Barcelona fue volviendo la calma; pero en el campo y desde los pulpitos, se predicaba venganza y se incitaba al pueblo a defender las constituciones del país. Situación en la que el obispo de Gerona dictó sentencia de excomunión sobre los soldados del rey, declarándolos herejes. Y estando en esas, se produjeron graves sucesos en Perpiñán, cuando el marqués Xeli de la Reina, florentino, gobernador militar del Rosellón, y el navarro Martín de los Arcos, gobernador del castillo de aquella ciudad, pidieron al gobierno municipal que preparase alojamientos para los soldados reales que conducían los oficiales del rey llamados Arce y Moles. Sin embargo, al llegar esas fuerzas a Perpiñán, se encontraron cerradas las puertas de la ciudad, y Xeli propuso al navarro Los Arcos castigar a los desobedientes, asumiendo entonces el florentino toda la responsabilidad: en las primeras horas de la noche cayó sobre Perpiñán una lluvia de bombas de mortero y proyectiles de cañón disparados desde fuera de las murallas y desde el propio castillo, tras lo cual, los soldados de Arce y Moles saquearon las casas de los vecinos.

Cuando el nuevo virrey, duque de Cardona, supo lo sucedido, salió de Barcelona acompañado de un diputado y un conceller, y se presentó en Perpiñán, ordenando como primera providencia la prisión de los jefes Arce y Moles. Pero Olivares prohibió a Cardona emprender proceso contra los dos militares y el virrey, ante esa desautorización, perdió la salud y en pocos días la vida.

Luis XIII, conde de Barcelona

El entonces presidente de la Generalidad, Pau Claris -canónigo de Urgel—, proclamó laRepública Catalana, lo que no sirvió precisamente para apaciguar la situación, que se vio agravada por el continuado pillaje de los segadores y otros movimientos de mayor o menor violencia. Y ante la posibilidad de una rápida reacción del Conde Duque, desde la Generalidad se pidió auxilio al rey francés, con la propuesta de someterse a su soberanía6. Adicionalmente, los sublevados consiguieron el levantamiento de los portugueses contra Felipe IV, lo que significó la apertura de dos frentes, con las inevitables consecuencias de ello.

El cardenal Richelieu, en nombre del rey Luis XIII, envió a Barcelona dos representantes suyos, que negociaron con Claris; primero, para el reconocimiento de Cataluña como república independiente bajo el protectorado de Francia, y luego para efectuar la proclamación de Luis XIII como conde de Barcelona. Y conseguida esa coalición, tropas francesas y catalanas derrotaron a las de Felipe IV en la batalla de Montjuic, a las puertas de Barcelona, el 26 de enero de 1641.

Sin embargo, y a pesar de una serie de primeros auxilios militares franceses, Luis XIII no se dispuso a viajar a Barcelona para jurar los fueros, como deseaban los catalanes, y en su lugar decidió enviar al mariscal marqués de Brézé, al que nombró virrey. No obstante, cuando el mariscal iba camino de Barcelona, sufrió un grave contratiempo en el Rosellón: las tropas españolas del marqués de Mortara derrotaron a los franceses cerca de Argelés (diciembre de 1641). Pero no obstante esa mejoría a favor de Felipe IV, nuevas torpezas de Olivares empeoraron el curso de la guerra, que dejó de tener en Clarís a su máximo dirigente catalán, al morir en 1641. Por entonces se produjo una contraofensiva francesa, en la que los combatientes se vieron animados en sus campamentos por la presencia de Luis XIII y de Richelieu. El Rosellón y parte de la Cerdaña se perdieron desde entonces, para siempre, aunque su cesión a Francia no se consagró hasta 1659, con al paz de los Pirineos.

Ante esa situación, Olivares dispuso el viaje de Felipe IV a Zaragoza, decisión que se llevó con tal lentitud que, iniciada la marcha desde Madrid el 26 de abril de 1642, duró hasta el 27 de julio. Y cuando las noticias de la pérdida del Rosellón llegaron a la capital aragonesa, se resolvió emplearse a fondo en Cataluña, teniendo como primer objetivo Lérida. Ante esa plaza, en el llano de las horcas, los dos ejércitos, el español y el francés, libraron una batalla que terminó con el abandono del campo por las fuerzas de Felipe IV (7 de octubre de 1642), quien avergonzado del todo, retornó a Madrid.

El 4 de diciembre de 1642 el mariscal francés de la Mothe, sustituto de Brézé, llegó finalmente a Barcelona y prestó juramento como virrey de Cataluña, en nombre del rey de Francia y conde de Barcelona Luis XIII; el mismo día en que murió el cardenal Richelieu, lleno de gloria. Y al tiempo que el Conde-Duque de Olivares perdió la confianza de Felipe IV, quien encontró su nuevo valido en Don Luis de Haro.

A la vista de las guerras que desangraban a España (de los Treinta Años en Centroeuropa, de Cataluña, de Portugal), Haro se propuso irlas liquidando con el menor daño posible; sobre todo cuando se apreció que por el lado de Francia se vislumbraba una posibilidad de entendimiento, pues muerto Luis XIII (13 mayo 1643), su heredero Luis XIV sólo tenía cinco años de edad, por lo que se encargó de la regencia una hermana de Felipe IV, la reina madre Ana de Austria. En Francia, como en España, comenzó a hablarse de paz, pero las gestiones diplomáticas no prosperaron, y Felipe IV se dispuso a porfiar en el grave error de luchar simultáneamente en Cataluña, Portugal y Flandes.

En Cataluña, las fuerzas de Felipe IV estaban desmoralizadas, pero cuando tomó su mando Felipe de Silva , todo empezó a cambiar: Felipe IV, otra vez animoso, marchó a Aragón, llegando a Fraga, casi en la línea de fuego; pues Silva, después de haber recobrado Monzón, estaba poniendo sitio a Lérida (marzo 1644), que capituló cuatro meses después: el rey hizo su entrada en la ciudad, que le aclamó, y allí mismo juró respetar los fueros catalanes.

Seguiremos, pues, con el tema de la guerra de Cataluña (1640-1652) el próximo jueves 6 de marzo, y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores en castecien@bitmailer.net.

1 Ramón Tamames, Vasco Núñez de Balboa y el Mar del Sur. Navegaciones y conquistas en los siglos XVI a XIX, Autoridad del Canal de Panamá, 2013.

2 Sobre Olivares, dos libros esenciales: Gregorio Marañón, El Conde-Duque de Olivares: la pasión de mandar, Espasa Calpe, Madrid, 1972; y John Elliot, El Conde-Duque de Olivares, Crítica, Barcelona, 2004.

3 Álvaro Alonso-Castrillo, “Guerra de Cataluña”, en Diccionario de Historia de España, Revista de Occidente, Madrid, 1952.

4 Fray Bernardino de Manlleu en el contexto de la guerra de Cataluña, ha sido poco estudiado. Su embajada fue minusvalorada, sin la debida interpretación, hasta 1962, cuando el historiador capuchino fray Basilio de Rubí hizo un estudio en el que puso de relieve su notable ejecutoria. Valentí Serra de Manresa, “Bernardí de Manlleu en el context de la Guerra de Separació”, Revista Pedralbes, Universidad de Barcelona, nº 10, 1990.

5 Francisco Manuel de Melo, Guerra de Cataluña, Real Academia Española, Madrid, 1912.

6 Francisco Manuel de Melo, Guerra de Cataluña, ob. cit.

Cataluña en la España de los Austria (II) – Ramón Tamames | Republica.com.

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