La curva ideológica

Aunque el prejuicio vulgar asocia exclusivamente al conservadurismo con el autoritarismo, la protección de un cierto orden no sólo no está necesariamente reñida con la libertad, sino que es condición indispensable para preservarla. Esto es evidente como mínimo en lo que respecta al ordenamiento jurídico. Una sociedad en la cual no exista el respeto a la ley ni los jueces sean independientes de toda presión ideológica “progresista”, difícilmente puede ser libre. Hay además otras instituciones, como son la familia, las asociaciones cívicas o la Iglesia, que proporcionan cohesión, estabilidad y protegen a los más débiles, forjando vínculos entre los individuos. El déficit de estos se traduce en un vacío moral y psicológico que tiende a ser suplido por una burocracia y una coacción estatal mucho menos eficientes, y sobre todo mucho más arbitrarias e inhumanas.
El progresismo, por su parte, no es incompatible en absoluto con el autoritarismo. En primer lugar, porque la coacción estatal tanto puede servir para mantener el orden social como para subvertirlo. Tan autoritaria puede ser la forma de imponer determinados cambios como un cierto statu quo, por emancipadoras que supuestamente sean las intenciones declaradas en el primer caso. Y en segundo lugar, porque, como hemos dicho, la erosión o abolición de determinadas instituciones, que el progresismo considera opresivas y reaccionarias, crea un vacío que inevitablemente es ocupado por el poder político.
La libertad individual se basa en un delicado equilibrio entre la tradición y el progreso. Por tanto, se eclipsa cuando el celo por conservar la primera y el entusiasmo por el segundo derivan hacia los extremos. Tanto el reaccionario, que se opone por principio a todo cambio social, como el revolucionario, que pretende hacer tabla rasa con lo anterior, son autoritarios; ambos tratan de conseguir fines opuestos con un mismo método: la limitación de la libertad individual. Sin embargo, conviene distinguir entre el autoritarismo clásico y el totalitarismo. En la medida en que el gobierno autoritario, por despótico que sea, impone un orden, él mismo se ve constreñido, hasta cierto punto, y aunque sea sólo en un plano teórico, por ese mismo orden. Por poner un ejemplo simple, un dirigente islamista no podría levantar la prohibición coránica del consumo de alcohol, por mucho que quisiera. (Lo que él haga en su vida privada es otra cuestión.) Pese a su carácter antiliberal, la ley islámica en sí misma supone una limitación, por leve que sea, de la arbitrariedad política. Su peligro reside principalmente en los medios técnicos de que dispone para amplificar su barbarie, desde armamento hasta vídeos virales de propaganda.
El totalitarismo, sin embargo, tal como fue definido por Hannah Arendt, es algo completamente distinto; se trata de una forma de dominación total que elude cualquier tipo de limitación, incluso aquella basada en su propia legalidad o en su ideología, mucho más interpretable y mudable que cualquier tradición de tipo religioso. Los totalitarismos nazi y comunista se caracterizaron porque, en su fase de plenitud, la represión política ya no tenía como finalidad, como en las viejas autocracias, eliminar a la oposición, pues toda resistencia organizada ya había sido esencialmente quebrantada. En lugar de ello, procedieron a exterminar masivamente a “enemigos objetivos”, es decir, a grandes grupos de personas que no habían cometido ningún delito común o político, ni siquiera entre los tipificados por la legislación totalitaria. Se mataba a las personas y se las recluía en campos de concentración, no por lo que habían hecho, sino por lo que eran. Carece de sentido decir que un Estado trata aquí de preservar un orden, por autoritario que sea; más bien, el gobierno (o el Partido que lo utiliza como mera fachada) se ha convertido en el principal, si no en el único, “agresor del orden social” (Bertrand de Jouvenel[1].) La dominación total no puede permitir que se consolide ningún tipo de ordenamiento predecible, ninguna legalidad que eventualmente restringiera la arbitrariedad del poder. El totalitarismo, en su forma más pura, sería una “revolución permanente”. No deja de resultar irónico que Stalin consiguiera hacerse pasar por un “conservador” frente al inventor de ese eslogan, Trotsky[2]. Y no menos errónea es la extendida confusión que considera al nazismo como un movimiento reaccionario o de derecha, como veremos.
Si el autoritarismo reaccionario es la perversión del conservadurismo, el totalitarismo sería la tendencia latente del progresismo, más peligrosa aún. Del mismo modo que no se puede ser extremadamente conservador sin deslizarse hacia el autoritarismo, el progresismo, a partir de cierto umbral, adquiere un carácter pretotalitario. Pero para un dictador, el totalitarismo posee una indudable ventaja respecto al autoritarismo clásico, y es que no lo compromete con ningún tipo de orden, aunque para quienes siguen pensando en términos de los dictadores del pasado, parezca convenirle que imponga uno a su medida. Un totalitario, mientras no sienta la tentación de “degenerar” (según su punto de vista) en meramente autoritario, no se conformará con tan poca cosa como mandar, con perseguir a los disidentes; quiere dominar por completo y a todo el mundo, tanto dentro como fuera de sus fronteras, y para ello, cualquier estabilización jurídica de un régimen resulta no sólo innecesaria, sino inconveniente. El autoritario ataca la libertad para establecer un orden. El totalitario ataca el orden para destruir la libertad.
A la luz de estas consideraciones, se comprende fácilmente que, incluso mucho antes de alcanzar niveles totalitarios, el progresismo resulta más apto para eliminar trabas al poder político que el conservadurismo, porque esa es precisamente su especialidad, remover obstáculos, lo que el totalitarismo no hace más que llevar al paroxismo de un allanamiento devastador. Esto explica también la tendencia histórica de los partidos a desplazarse hacia la izquierda. No es tanto debido a un complejo de inferioridad de la derecha, como a la tendencia natural que tiene el poder de encontrar el camino más corto para su expansión.
La función que relacionaría las variables libertad-autoritarismo y conservadurismo-progresismo puede expresarse gráficamente con una curva en forma de campana. (Fig. 1.) En ella se refleja con claridad la idea de que la máxima libertad individual es sólo posible alcanzando un difícil equilibrio entre esas tendencias opuestas. Esta curva ideológica tiene una cierta afinidad con la propuesta de Hayek de sustituir el burdo eje unidimensional izquierda-derecha por un triángulo en cuyos vértices se situarían conservadores, socialistas y liberales; pero representa más intuitivamente, según creo, las gradaciones ideológicas intermedias y, sobre todo, su dinamismo latente[3].
He situado a conservadores y progresistas a izquierda y derecha, respectivamente. En razón del accidente histórico de la Revolución francesa y del accidente biológico de la prevalencia de la mano diestra, convencionalmente se identifica a los conservadores con la derecha, y a los progresistas con la izquierda, por lo que podría parecer que habría sido conveniente una gráfica a la inversa. Sin embargo, para el orden de lectura de nuestra cultura (de izquierda a derecha) resulta más intuitiva la disposición elegida, pues ilustra mejor una cierta secuencia histórica resumible, muy grosso modo, como autoritarismo, liberalismo, progresismo y totalitarismo.
Esta curva ideológica se distingue notablemente de otro diagrama que, con leves variantes, proponen algunos autores liberales o libertarios. Estos sitúan las distintas posiciones ideológicas en un plano con arreglo a dos ejes que representan el mayor o menor apoyo a las libertades de tipo económico, a las que teóricamente se inclinan más los conservadores, y a las libertades de tipo personal, favoritas de los progresistas[4]. La objeción que merece este esquema (sin duda atractivo, por su sencillez) es que no explica por qué unos tienden más a la libertad económica y otros a la personal. O mejor dicho, de algún modo sugiere que, salvo los plenamente liberales y los plenamente autoritarios, conservadores y progresistas son simplemente incoherentes. Personalmente, creo que a esta visión le falta un factor externo a la libertad, y al mismo tiempo relacionado dinámicamente con ella, como es la actitud frente al orden, concepto amplio que incluye los dos aspectos de seguridad y justicia.
Con fines meramente orientativos, en la Fig. 2 he mostrado las posibles posiciones relativas de distintas ideologías o sistemas políticos.
 
En la base de la campana he situado, en el extremo reaccionario, el islamismo. En realidad, podría distinguirse entre distintos tipos de esta ideología. Por ejemplo, el Estado Islámico que siembra la muerte y la destrucción en Irak tiene un claro carácter totalitario. Y por razones distintas podría decirse lo mismo del régimen iraní. No en vano, ciertos intelectuales occidentales progresistas saludaron con simpatía la llegada al poder de Jomeini.
En el otro extremo he situado a los nazis en el sector progresista, junto con los comunistas. Puede sorprender esta ubicación de un régimen que vulgarmente se sigue considerando como derechista. Sin embargo, el carácter revolucionario del nazismo es innegable. La idea de una selección racial contante, que iba mucho más allá del antisemitismo (aunque la derrota del Tercer Reich impidiera aplicarla a otros grupos de manera tan sistemática) no se distingue prácticamente en nada, por sus efectos, del concepto de lucha de clases[5]. Al igual que los bolcheviques, los nazis y los fascistas pretendían la destrucción de un mundo liberal-burgués que consideraban caduco, a fin de crear un “hombre nuevo”. Si las diferencias ideológicas entre el nacionalsocialismo y el comunismo parecen justificar que los situemos en campos políticos no meramente rivales, sino opuestos (la derecha y la izquierda), ello es debido a un extendido prejuicio que aún hoy considera al segundo como un heredero de la Ilustración que habría incurrido en determinados “excesos”. Sin embargo, es difícil ocultar el carácter antimoderno del bolchevismo, la ruptura radical que suponen el Gulag y el genocidio con la tradición nomocrática e individualista de Occidente, del cual los comunistas sólo se interesaron por su ciencia instrumental y la tecnología[6], de manera comparable a como hacen hoy los islamistas. En todo caso, el comunismo sería un hijo bastardo de la Ilustración; pero compartiría esa condición con el propio nacionalsocialismo. Ambos aseguraban tener una base “científica”, y mientras el nazismo se inspiró libremente en el darwinismo, Engels no dudó en considerar a Marx como el Darwin de la ciencia histórica[7]. Pero tanto la selección racial de los más aptos como la lucha de clases son nociones ideológicas más pertenecientes al mundo de la fantasía que a la razón.
Comunistas y nacionalsocialistas no eran progresistas totalitarios porque fueran herederos del racionalismo, sino debido a su obsesión por la destrucción de un orden que consideraban decadente. Uno de los malentendidos más extendidos de nuestro tiempo es precisamente el que asocia progresismo y racionalismo. Esta confusión nace de que el progresismo empezó históricamente por atacar el orden establecido tachándolo de irracional. Sin embargo, la pretensión de fundar un orden totalmente basado en la razón, partiendo de cero, entraña sofismas insolubles, que terminan conduciendo a un irracionalismo más radical que el originalmente combatido. La inclinación de la intelectualidad progresista hacia el relativismo, el multiculturalismo y el colectivismo, que suponen una ruptura con la tradición racionalista de Occidente, no es tanto una desviación o recaída más o menos frívola en posiciones reaccionarias, tal como lo interpretan algunos[8], como un desarrollo lógico de las implicaciones del progresismo.
Las restantes ideologías o sistemas políticos de la Fig. 2 se han situado de un modo orientativo. Puede discutirse que el chavismo sea un régimen más autoritario que el franquismo, aunque por los efectos pauperizadores del primero, creo que es bastante evidente. La curva muestra también la distancia que separa al autoritarismo conservador franquista, e incluso al fascismo en sentido estricto, del totalitarismo revolucionario de Hitler, en contra de la imagen que ha cultivado la izquierda hasta nuestros días. El régimen de Mussolini sin duda revistió un carácter menos conservador que el franquismo, aunque no alcanzó ni de lejos el nivel totalitario, por mucho que el dictador italiano alardeara de ello. Con todo, y aunque Franco firmó muchas más condenas de muerte que Mussolini, como consecuencia obvia de que accedió al poder en una guerra civil, no hay duda que, tras la posguerra, el régimen español se estabilizó como una dictadura clásica[9], menos invasora de las vidas privadas que los regímenes fascistas de los años treinta.
El resto de posiciones ideológicas requerirían otro artículo.

Unión Editorial


[1] Bertrand de Jouvenel, Sobre el poder, Unión Editorial, Madrid, 1998, p. 223.
[2] “Stalin concentró sus ataques sobre el medio olvidado slogan de Trotsky precisamente porque había decidido utilizar esta técnica.” Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, col. “Los libros que cambiaron el mundo”, Madrid, 2009, p. 668.
[3] Friedrich A. Hayek, Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, Madrid, 1998, p. 508.
[4] David Boaz, Liberalismo. Una aproximación, Gota a Gota, Madrid, 2007, p. 51.
[5] H. Arendt, ob. cit., pp. 668-669.
[6] Luciano Pellicani, Lenin y Hitler. Los dos rostros del totalitarismo, Unión Editorial, Madrid, 2011, p. 72.
[7] H. Arendt, ob. cit., p. 777.
[8] Juan José Sebreli, El asedio a la modernidad, Random House Mondadori, Barcelona, 2013.
[9] “El franquismo en España mantuvo hasta el último de sus días la retórica hueca del falangismo, (..) los brazos en alto y los cánticos de trinchera. Sin embargo, el franquismo [tras la muerte del dictador] devino en una democracia liberal en sólo unos meses. (…) Franco simplemente quería mandar, no inventarse España desde cero, y mucho menos crear un nuevo español radicalmente diferente al del pasado.” Fernando Díaz Villanueva, prefacio a Luciano Pellicani, Lenin y Hitler, ob. cit., pp. 10-11.

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