Por la España que teniamos

Como ha acontecido en ocasiones anteriores en la Historia, lo singular del caso español no es un supuesto atraso respecto a otras naciones europeas a la hora de superar una época dada, sino la original adaptación a los cambios que a veces retarda y otras acelera la transformación de su realidad social en el decurso histórico. En el momento presente, pudo parecer que España quedaba rezagada de la integración en la Unión Europea, junto a naciones como Grecia y Portugal, pero su protagonismo no era ni es comparable al de estas y así se puso de manifiesto a la primera gran oportunidad que tuvo, durante las dos sucesivas legislaturas de José María Aznar.

Por eso, cuando después de haber liderado la creación de empleo de los países miembro de la UE, ahora lidera la destrucción de puestos de trabajo; cuando después de haberse sumado en primera instancia a la alianza internacional antiterrorista dirigida por Estados Unidos, se convirtió en el más desleal de los aliados después de la deserción de Irak; cuando después de haber abanderado las medidas de presión contra el totalitario régimen de los Castro, funge ahora de discreto cómplice de las mentiras de la tiranía, paradójicamente, con otro Gobierno del PP; cuando después de haber demostrado vigor e iniciativa en la lucha contra el terrorismo y el crimen organizado en todo el entorno UE, ha acabado por influir nocivamente hasta en el mismo Tribunal Europeo de Derechos Humanos poniendo en solfa la misma política penal del Estado español; por estas y otras tantas razones urgen echar la vista tan sólo unos años atrás para reparar en la posibilidad, más acá de la necesidad, de lograr grandes éxitos en todos los planos sin dejar de ser España ni renunciar a comportarnos como españoles.

Decididamente, tantas tonterías son sostenidas a diario por tantos que ya parece difícil incluso comprender lo más obvio, como es que sin preservar la integridad de España y un Estado de Derecho digno de tal nombre no volveremos a gozar del inmenso grado de desarrollo de nuestros derechos y libertades, de nuestro progreso material y de nuestra prosperidad económica, ni podremos tampoco considerarnos seguros por el mundo ni a salvo siquiera en nuestro país. Es todo lo que precisamente pretenden poner en jaque en la hora actual los enemigos acérrimos de España, que como en tantas otras ocasiones son múltiples y variados. Y es por ello que debemos defender sin descanso la razón de ser de la Nación Española, antes de que los desaprensivos logren destruir el legado común de los españoles que nos precedieron dejándonos sin futuro, sin presente y sin pasado. En nuestras manos está cambiar las cosas para volver a sentar los cimientos de una sociedad justa y digna en la que lo bueno sea la regla y lo malo la excepción.

EL EDITOR

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