Sí a esta guerra

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De todo lo que está sucediendo en Oriente Medio quizá lo más terrible sea el abandono por parte de los poderes políticos occidentales de los cristianos –y otras minorías–, que están siendo masacrados en la zona dominada por el Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL).

Hace tiempo se ha consolidado la costumbre de sobreseer las periódicasdegollinas de cristianos, milenarias en sus cifras anuales. Así, retiradas del ángulo de visión del ciudadano medio europeo, se han convertido en una sombra grisácea del paisaje de nuestro tiempo. Lo que es aún más llamativo cuanto que sucede en una sociedad en la que no hay agravio –real o supuesto–, por menguado que sea, que no alcance una cierta resonancia pública; evidenciando así el aserto acuñado por una autoridad en la materia, Josif Stalin, quien aseguraba que la muerte de un hombre es una tragedia mientras que la de un millón es solo una estadística.

Esa estadística genera algo parecido a una letárgica apatía mundial. Algunos de los países que instigaron anteriores intervenciones militares en la región, con argumentos mucho más discutibles, exhiben ahora un desentendimiento escalofriante ante la masacre, y otro tanto cabe decir del gobierno español, el cual, inmerso en una desenfrenada carrera por colarse en el Consejo de Seguridad de la ONU, parece dispuesto a pagar cualquier precio con tal de conseguir el apoyo del mundo árabe, recogiendo la herencia de la alianza de civilizaciones zapaterista, hoy asumida por Rajoy y Margallo, quienes no hace tanto agitaban el pitorreo contra tan solemne inanidad.  

Aquí lo que hay planteado no es un conflicto entre civilizaciones, sino una guerra entre civilización y barbarie. Una guerra que no tenemos ninguna posibilidad de ganar si, frente a la acometividad del enemigo, nos hacemos los distraídos. Si frente a los videos de decapitaciones nos entretenemos convirtiendo en viral la broma de echarse un cubo de agua por la cabeza, disfrazando de solidaridad el narcisismo. Hay una Yihad en marcha, lo que nos obliga a rescatar con urgencia los valores sobre los que hemos construido nuestra civilización cristiana europea. 

Victor Orban, el díscolo presidente de Hungría y el único con coraje suficiente en Europa para hablar alto y claro de este asunto, se ha dirigido a Van Rompuy instando a que la UE ponga fin a la matanza. También habría que recordar que la Unión tiene una responsabilidad directa en la situación y que centenares (quizá miles) de yihadistas tienen pasaporte europeo. Por otro lado, Ronad S. Lauder, presidente del Consejo Mundial Judío, ha tenido la decencia de preguntarse en voz alta: “¿Por qué el mundo calla mientras los cristianos son exterminados en Oriente Medio y en África?”; para mostrar a continuación su perplejidad ante la indiferencia con que se contempla la “bárbara masacre” de miles y miles de cristianos. En Oriente Medio –prosigue Lauder– se están perdiendo comunidades que llevan profesando pacíficamente el cristianismo desde hace casi dos milenios; sólo en la guerra civil siria, medio millón de cristianos árabes han sido expulsados de sus hogares, mientras la administración Obama ha apoyado activamente a quienes perpetraban la limpieza étnica.

En Irak, a lo que nos enfrentamos es a un vástago nacido de Al Qaeda y encarnado en estado, que controla una de las zonas del mundo con más recursos petrolíferos y que dispone de abundantes riquezas, cuyos objetivos básicos son los chiitas, los kurdos y los cristianos. Un monstruo que nos ha jurado odio eterno y que, como para darle fuste a la amenaza, empala las cabezas de los niños cristianos en las estacas junto a los polvorientos caminos del norte de Mesopotamia, después de violar a sus madres y de ahorcar a sus padres.

De las víctimas hace tiem
po que nos vienen llegando sus voces, y la última ha sido la del obispo de Mosul, que nos advierte de que el epílogo de sus matanzas no es más que el prólogo de lo que nos espera, y nos insta a 
tomar decisiones “fuertes y valientes” para detener el genocidio en curso y evitar que se extienda la plaga. En fin, que este horror tampoco se soluciona desde la inacción a la que algunos se han abonado de forma irresponsable. Hay que intervenir en Irak, en Siria y en cualquier lugar donde el yihadismo pretenda extender su terror. En definitiva, a una guerra que defienda a los cristianos y otras minorías, y que castigue de forma implacable la barbarie, hay que decir sí.

Santiago Abascal – Sí a esta guerra – Libertad Digital.

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