Los últimos hippies

  • El mercadillo de Las Dalias, último reducto del movimiento contracultural más seductor del siglo XX, cumple 60 años

Actualizado: 31/08/2014 03:30 horas

Mucho tiempo después, ante el guitarrista de los Rolling Stone, Keith Richards, el agricultor y carpintero Joan Marí, habría de recordar aquellas tardes remotas en que recorría los 20 kilómetros en bicicleta que le separaban de la ciudad de Ibiza para bajar a recoger el hielo. Fueron los campesinos que bebían licor de hierbas y jugaban a las cartas en su bar de carretera, perdido en el corazón de la isla, los que vieron entrar a esos jóvenes barbudos, que se peinaban como las mujeres, y que relataban con acento de California su llegada hasta un escondite que evitaría su reclutamiento a Vietnam.

Más de medio siglo después, ni los tratamientos de alucinógenos que se recetaba el movimiento contracultural más seductor del siglo XX habría sido capaz de obtener visiones psicodélicas de venta ‘on-line’, de talleres proveedores en la lejana isla de Goa y en Katmandú, de bisutería de tres cifras, o de mansiones en la isla de Ibiza, como desembocadura de su revolución de incienso.

En 1954 Joan Marí empezó a construir piedra a piedra los muros de una leyenda que, en palabras del propietario del imperio Pacha, Ricardo Urgell, se convertiría en «el último reducto de la Ibiza hippy, del color perdido por las vulgaridades del mundo». Un bar que por primera vez en la historia no tenía el apellido de la familia, sino el de las dalias que crecían en su fachada, y que fueron elegidas por aquellas jóvenes semidesnudas y con flores en el pelo, como punto de encuentro tras su jornada de ventas en el mercadillo de Es Canar.

Allí bebían, hacían el amor, consumían estupefacientes e improvisaban conciertos a los que se unirían Brian May (Queen), Ron Wood (Rolling Stones), Jimmy Page (Led Zeppelin), Mike Oldfield, Pink Floyd o Bob Geldof, con la duquesa de Alba y las monarquías más crápulas del siglo XX como testigos de estampas imposibles.

El mercadillo hippie que sobrevive en su jardín, y que nació en los 80 con cinco puestos de productos de segunda mano, hoy da de comer a 350 familias. Cada sábado de agosto cerca de 20.000 turistas, más de los que visitan cada día todas las discotecas de la isla juntas, se adentran en este agujero del tiempo, donde los relojes se detuvieron en cualquier día de agosto de 1969.

En ese punto de congelación, discurren sobre un trono de telas los 76 años de la suiza Mora Shröder. «Puedo seguir viviendo con los años 60 pero porque mi marido hace el resto de los del siglo XXI», bromea señalando a Djin, que la observa como un rey vikingo rescatado de su propia tripulación. Tras ver morir de hambre a su hermana en la II Guerra Mundial, Mora siguió a los soldados hasta la ciudad de Düsseldorf, donde inició una breve carrera de modelo que la arrastraría hasta Ibiza. A los 40 años empezó a diseñar sus prendas transgresoras justo a tiempo para vestir a Brigitte Bardot, pero también a seguir adornando a Lenny Kravitz, o incluso contemplar como hace tres veranos un tipo comenzaba a descolgar compulsivamente las perchas de su tenderete. «No te voy a copiar, pero me encantan tus combinaciones y colores», le soltó Jean Paul Gaultier antes de arramplar con la mitad de su tienda.

Reportaje fotográfico de GERMÁN G. LAMA.

El paso de los hippies por las islas de Ibiza y Formentera carece dehuellas administrativas, pero se habla de varios miles. En Mora sobrevive el testimonio de la historia no escrita de aquellos que se ganaron el derecho a bañarse desnudos en Aguas Blancas, a cambio de recoger los restos de un naufragio; la de los que se refugiaron en cuevas; la de los que sobrevivieron de vender velas, dibujos y pulseras esmaltadas; la de los que fueron juzgados por okupas; multados por vagos; expulsados de la iglesia de San Rafael con un famoso cartel retirado recientemente: «Prohibido cantar, comer y dormir bajo estos porches»; y ocultados por el alcalde de Ibiza en 1973 para la visita de los Príncipes Don Juan Carlos y Doña Sofía. El primero, nada más llegar al Patio de Armas de la ciudad, preguntó: «¡Qué habéis hecho con mis hippies!».

Sucia grey

Así les recibió ‘Diario de Ibiza’ en 1963: «Esta grey desgalichada y amoral llega con demasiada frecuencia a la isla. Puro deshecho social, pura escoria de inadaptados, que la más indispensable higiene moral de la isla no tiene por qué tolerar… Sucia grey, deshonesta grey, ruin grey…A esta isla europea no le interesa esta suerte de vómito y de detritus que, con demasiada facilidad, coge pasaje para Ibiza».

En Ibiza hicieron parada en su ruta europea desde Londres y Ámsterdam, para llegar a Estambul, Teherán, Herat, Peshawar y Lahore. Viajes tras los que importaron oraciones tibetanas, discípulos de Rashnesh, hachís y LSD francés, que a muchos hacía vomitar nada más vislumbrar el islote de Es Vedrá, como una mole gigantesca que se abalanzaba sobre ellos.

«Descubrieron los lugares más bellos y más baratos del mundo para vivir», cuenta el ex empleado de la ONU y traductor de Henry Miller en España, Carlos Manzano. Junto a su mujer, la norteamericana Jackie de Martino, regenta la librería de Las Dalias, donde llegaron siguiendo la trayectoria de un fenómeno con el que no se sienten identificados. «Los hippies tenían cierto interés estético pero no eran personas interesantes», explica Manzano, que tradujo ‘Trópico de Cáncer’ encerrado en una casa de la isla sin agua corriente ni luz eléctrica. «Vivíamos paralelos a ellos pero hasta los lugareños reconocían que no éramos iguales: ‘Cómo va a ser hippie Carlos si está siempre trabajando’», recuerda que comentaban los payeses.

Philippe Panchout también llegó con ellos pero comparte la visión de Manzano. «¿Amor y libertad? Si estás bien todo es maravilloso, pero la realidad no es maravillosa, los hippies no eran personas realistas», explica un tipo que se gana la vida adivinando el pasado. Uno de los fenómenos más espectaculares de la parada de monstruos fabricada por Joan Marí es este físico nuclear francés, que se retiró bajo una mesita y una sombrilla para impresionar a turistas, políticos, hombres de negocios, y otros innombrables que de repente le envían un avión para que vuele con sus consejos. «No es magia, es ciencia, estoy convencido de que cualquiera pueda hacerlo», afirma tras despedir a una joven que, con lágrimas en los ojos, acaba de escuchar al detalle el relato de todas sus relaciones sentimentales, por boca de un tipo al que no había visto en su vida.

El mercadillo hippie está plagado de renegados de su apellido, pero imitadores inconscientes de una ruta de elefantes de colores y pantalones campana que sigue conectando la isla con la India o Tailandia. Mucho más tarde que ellos llegó desde Bari el cincuentón Antonio Ignomeriello. «¿Hippies? Cuando llegué a Ibiza no sabía nada de los hippies», dice vestido de chamán mientras manosea un libro en sánscrito. La entrevista se ve interrumpida en varias ocasiones porque alguien se acerca a su puesto para preguntar por un extraño collar de plata afgano, siempre el mismo, con unos extraños símbolos, y cuyo valor alcanza las tres cifras. Hace casi 20 años que se plantó ante Joan Marí con sus tesoros, algunos hechos por él, y otros recogidos en sus viajes por Oriente y el norte de África, y le pidió un puesto donde venderlos porque se moría de hambre. El carpintero, sin embargo, le puso a cavar la huerta y a recoger limones con la promesa de que si algún día un vendedor faltaba a su cita podría ocupar su puesto.

El símbolo hippie de la paz se hace de oro en Alok, un agente inmobiliario catalán, y en su mujer Merel, una modelo holandesa, desde que decidieron dejarlo todo y plantarse en Ibiza con sus tres hijos en 1995. Antes habían aprendido en Holanda a coser tipis, y se construyeron uno en la isla, donde formaron su minitribu de indios. Pocos meses más tarde se les ocurrió emplear su talento cosiendo tiendas en hacerlo con bolsos. Viajaron por la India y Marruecos en busca de material y pelearon por un puesto en Las Dalias. Hoy son los responsables de la marca internacional Ibiza World Family.

Sin cambiar el ‘dress code’ del mercadillo, con un estilo en el que se mezcla Oriente, el norte de África y los indios americanos, han dejado el tipi por una mansión en la isla que ya ha sido profanada en el ¡Hola!. Sus bolsos alcanzan los 600 euros, y han añadido complementos como cinturones, joyas, zapatos y las poco contraculturales fundas de móviles y tabletas. Al tenderete de Las Dalias suman otras dos tiendas en la isla, otra en Barcelona, otra en Puerto Banús y la última en Madrid, regentada por la actriz Úrsula Corbero.

Otra actriz, Silke, la musa indie de los 90, candidata al Goya por Tierra, de Julio Medem, se ha apuntado a artesana de Las Dalias con sus accesorios de piel y latón, lanzando su marca By Silke, que ya ha llegado al mercado italiano.

A sus espaldas Belinda, un belga que se ganaba la vida como travesti, llegó a la isla «en busca de más fiesta, más drogas y más sexo»; y ahora reparte su vida entre los tres meses del mercadillo y los otros nueve «de compras» por talleres escondidos de Birmania, la India y Marruecos. Una forma de vida que se repite cada pocos puestos, aprovechando las ganancias ibicencas para sobrevivir con holgura el resto del año en el tercer mundo.

El universo fabricado accidentalmente por Joan Marí, y heredado por su hijo Juanito, se amontona en incienso, telas y cachivaches, se esnifa cuero y tierra quemada, se escucha a Jim Morrison en la guardería, se manosea a celebrities que chocan contra el florentino Massimo Svelto y sus candados antiguos, sextantes, catalejos e instrumentos musicales que ya nadie fabrica; salvo el músico israelí Yaron Marko, que se aparece tras un patrimonio de más de 250 instrumentos étnicos sobre un tablero de madera. También se aparece Iker Jiménez, detenido en una pendiente para hablar con Juan, que dejó atrás a un hostelero valenciano para convertirse en ‘Tibu’, de Tiburón, entre los que se gana la vida aunque jamás haya visto ninguno. Sobre su mesa, trilobites y dientes de megalodón a 1.500 euros, todavía fosilizados en su roca del desierto de Atacama, de donde esquilmó de casualidad su modo de vida antes de que el yacimiento prehistórico fuera protegido.

La del tarot

A su lado, bajo unas telas, se esconde la francesa de origen polaco Noelle Rusanzic, una baraja tarot y otra historia de supervivencia de la segunda guerra mundial. Nada que ver con la de la sueca Linda Sjokvist, a quien fue el amor y la inspiración para coser sus chaquetas de 400 euros lo que la atrajo hasta la isla. O la de la azafata María Figueroa, que ya hacía sus pulseras en despegue y aterrizaje, y que visitó el mercadillo de Las Dalias sin saber que jamás volvería con su tripulación.

El madrileño Luis Gallego se acercó al mar para alquilar zodiacs y se hizo monitor de esuí acuático. Lo dejó todo para conseguir un puesto fijo de halconero en el aeropuerto de Ibiza, aunque jamás había visto de cerca un halcón, y lo abandonó para cumplir su sueño de fabricar juguetes de madera para adultos, que construye con restos de naufragios que convierte en camaleones, moscas gigantes y tiburones a 3.000 euros la pieza: «¿Un hippie? Mis amigos de Madrid solo dicen que me lo monto muy bien».

Mayor sorpresa se habría llevado el comandante Jaime Garcia Cruz, medalla de Plata en hípica en los Juegos Olímpicos de Londres de 1948, si se llegara a enterar de que una nieta le había salido hippie. El colegio de monjas y la máquina de coser que le regalaron a los cinco años no evitó una fuga adolescente para ser trapecista en Brasil y gogó en Ibiza, donde acabó plantada en una furgoneta en la playa de sa Caleta. Allí empezó a coser bajo los árboles su sueño de botas a pedazos y ropa transformable, que convencieron a su vecina de furgo, la cantante Bebe, para financiarle los viajes a Marruecos y Bali que confeccionaron su sueño.

Hoy Pinka Ser-Villana tiene de hippie el péndulo que la mueve de la temporada en Ibiza a su palacio portugués en Goa, donde sus cuatro talleres dan de comer a 24 familias. «¿Qué soy como Nike? No puedo trabajar con nadie al que no pueda dar un abrazo o un beso», se justifica.

Pinka, con sus bíceps tatuados con la palabra amor, sobrevive otra contracultura que ha logrado superar en un solo ser humano toda la revolución espiritual de los hippies. «Antes tomaba muchas drogas pero conseguí dejarlo y empecé a estudiar nutrición y a experimentar con el agua. Cargo las botellas de agua escribiendo en ellas la palabra amor, les digo a las botellas lo que las quiero y me las bebo, a otras les pongo los cascos y las cargo con música que da energía, el agua se puede cargar con esa energía como cargas el smartphone».

La misma espiritualidad llevó a Pitu, un prometedor DJ que ya había debutado en Space Ibiza, uno de los templos de la música electrónica, a abandonar su carrera en el techno para investigar cómo curar la enfermedad de su madre, abandonada a su suerte por la medicina tradicional. Lo suyo son unos extraños conos de colores llamados orgonitas, o todavía más difícil, ionizadores artesanales, que vende entre los 15 y 300 euros. «Son dispositivos que contrarrestan los efectos negativos de la contaminación electromagnética», explica.

En el mismo jardín se metió Antonio Portero. Tras rehabilitar el parque Warner, pintar tablas de surf en Florianópolis y tatuar legionarios en Madrid, le dijo a sus amigos de Valdemoro que este año se hacía hippie, y se plantó en Ibiza cargado de lienzos y sprays para dibujar budas y motivos africanos: «Lo que pide este mercado para las casas de lujo».

La sudafricana de origen armenio Suzanne Karakashian alberga en sus piernas una ONG que cada año recorre Zimbabue, Burkina Faso, Namibia y Malaui para comprar lo que sus mendigos fabrican con la basura. Chapas oxidadas, restos de latas y anillas, bolsas de plástico se vuelven ratones y gallinas de colores en segundos. Para Karakashian son artistas por descubrir, cuyas ventas al primer mundo sirven para alimentar a toda su comunidad. Su reto: traer a sus artistas a España. Lo hizo desde Zimbabue, aunque su historia es bien distinta, la violinista de origen irlandés Isabel Moore. Tras formarse en Arte y Diseño en Londres, la historia medieval la inspiró a fabricar sus joyas basadas en las mallas de las armaduras.

Cargado de viajeros, ahora es el mercadillo el que ha empezado a viajar por Europa en invierno, como un circo del sol, haciendo contorsionismos con la historia, con su atillo de artesanos dispuesto a vender en directo la crionización de una forma de vida.

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