La educación sexual

La ONU dice que todas las personas deben tener acceso a una educación sexual de calidad y toda clase de educadores sexuales, sexólogos, psicólogos, sociólogos y demás apologetas del relativismo y de la inexactitud ponen el grito en el cielo porque en los colegios españoles no se dan clases de sexo.

Es tan absurdo creer que la educación sexual evita los embarazos no deseados y la transmisiones de enfermedades como pensar que aprenderemos a escribir en cursillos acelerados de Twitter sin haber recibido clases de Lengua y de Literatura.

Lo que chicos y chicas necesitan es una honda formación moral y espiritual. Es la responsabilidad, y no el preservativo, lo que nos salva del peligro de contraer enfermedades de transmisión sexual; y es la espiritualidad y la no banalización del amor ni del sexo lo que nos enseña a valorar la vida y a no jugar con cosas que no tienen repuesto.

Lo digo yo que he sido un bestia, un salvaje en algunos momentos de mi vida. Lo digo yo que tengo mucho de lo que arrepentirme.

Las clases de religión nos enseñan mucho más a usar el cuerpo y el espíritu que las clases de sexología. Es muscular el alma y no el bajo vientre lo que nos hace personas bondadosas y libres. La supuesta liberación sexual de la mujer le proporcionó más sexo, pero no más libertad. Reducir el sexo a una cuestión mecánica abre las puertas del infierno. La ciencia sin Dios conduce a Auschwitz: el Papa Emérito lo dijo.

Lo que tendría que ser obligatorio en la enseñanza pública y privada son las clases de Religión. Con un conocimiento trabajado y profundo de lo que por ejemplo es la Semana Santa, chicos y chicas tomarían más conciencia de la importancia de cada uno de sus actos. Y es la conciencia lo que marca el signo de nuestros días.

No se trata de poner parches sino de formar a los chicos para que puedan alcanzar su plenitud. Se trata de potenciar el tesoro de su riqueza humana, se trata de remarcar el valor de todo para que todo pueda ser vivido del modo más emocionante e intenso posible. Somos personas, no animales, y para gozar de nuestras gracias y nuestros dones necesitamos una preparación y tenemos que hacer un esfuerzo.

Los bestias que viven de espaldas a Dios -y lo digo yo que sé de qué hablo- sin la menor intuición del más mínimo indicio de trascendencia, son los mismos bestias que no usan el preservativo ni en los más siniestros tugurios. El problema no es el preservativo, ni la solución. El problema es la falta de responsabilidad, la falta de tensión espiritual, la banalización del sexo y de la vida; y la solución es la formación moral y espiritual de cada persona, para que todo el mundo sepa cuál es nuestra cultura y conozca la idea de bien y mal en que nos basamos, el poder de la oración y la necesidad de perdonar y que nos perdonen. La compasión, saber encontrar compasión en nuestros corazones, es lo que nos aleja de la atrocidad y de la barbarie.

El que con regularidad desciende a los bajos fondos es el que sistemáticamente se olvida de usar el preservativo, y el que incluso acordándose al final no lo usa porque todo le da igual y nada le importa nada. Cuando nos acostumbramos a vivir bajo, acabamos viviendo bajísimo. Sé por qué te lo digo. Más de una vez estuve ahí y conozco todos los caminos.

Tenemos que volver a casa después de haber vagado todo este tiempo por el desierto. Tenemos que reconciliarnos con lo que somos, con la sustancia de lo que estamos hechos, con lo que de un modo más esencial nos define y nos construye. La educación religiosa no es un ataque a nuestra libertad sino una herramienta para poder usar nuestra libertad de un modo más consciente y más fértil; la laicidad no nos hace más libres, sino más ignorantes, y nos aleja de nuestra condición y de nuestra felicidad, de nuestra misión y de nuestro sentido.

El mundo mejora con personas mejores, más conscientes y por lo tanto más responsables. La libertad entendida como un deber es la base de la generosidad y de la ternura; entendida sólo como un derecho conduce al cinismo y a la tiranía.

Musculemos las almas y tensemos los espíritus. La educación sexual es el amor y no la anatomía.

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