Belchite, herida abierta

Paisaje y pasisanaje.
Una de las peores masacres de la Guerra Civil arrasó Belchite y dejó cinco mil muertos. En un paseo por sus ruinas aún se encuentran obuses incrustados y memorias vivas.

Por el sur de Zaragoza se extiende una llanura de yeso y sal. Al fondo, sobre una loma, se alza una torre de ladrillo en ruinas: la de la vieja iglesia de San Martín, roída, agujereada, traspasada por los rayos de sol. Un faro del desastre. A sus pies, una ladera de casas medio derruidas, un campo de escombros, un reventón de cascotes. Es Belchite, herida que aún sangra piedra. 

El viejo Belchite era un pueblo que brotaba de la misma tierra, porque con la misma tierra se levantó. Con el barro cocido hacían los ladrillos y construían los muros que después encalaban o adornaban con azulejos. Con esa sobriedad esteparia creció un pueblo hermoso, de callejas reviradas, palacios renacentistas, templos que dibujaban una airosa silueta de torres mudéjares. Belchite era tierra hecha arte. Hasta que la bombardearon, la acribillaron, la reventaron, la derrumbaron, la trituraron y la rindieron a esa tierra de la que había nacido.

Entre el 24 de agosto y el 6 de septiembre de 1937, el horror se abatió sobre Belchite. Cinco mil muertos en catorce días. Bajo el barro seco aún yacen cientos de cadáveres.


En la Guerra Civil Belchite no era más que un objetivo secundario. Sin embargo, los dos bandos lucharon con un empeño desproporcionado, cuestión de orgullo y propaganda, hasta desatar una carnicería. Los republicanos habían fracasado en su intento de conquistar Zaragoza. Entonces se fijaron en Belchite, una plaza sitiada en la que resistían dos mil soldados nacionales y otros dos mil vecinos que colaboraban, por convicción o por obligación, en la defensa del pueblo. Ante la necesidad de apuntarse alguna victoria, los republicanos empezaron a bombardear Belchite el 24 de agosto. A la vez, los mandos nacionales ordenaron por radio a los sitiados que no se retiraran ni se rindieran. Debían luchar hasta la última bala porque su resistencia ayudaba en la defensa de Zaragoza (en realidad no era tan necesario, dado que ya habían frenado el avance republicano). 

A los bombardeos, los tiroteos y los fusilamientos de sospechosos en el interior del pueblo, se les añadió otro drama: el calor. La estepa aragonesa hervía bajo el sol de agosto. Los vecinos, que llegaron a pasar dos semanas de bombardeos escondidos en bodegas medio derruidas, morían de sed. Los cronistas narraron rebeliones en las trincheras, cuando los soldados se escapaban a buscar agua en plena batalla, o casos de hombres al borde del desmayo que bebían su propia orina o abrían las venas de los mulos para sorber la sangre. A los atacantes republicanos un camión cisterna les traía agua desde un arroyo, un líquido marrón que apañaban mezclándolo con vino. Los mandos repartían ese brebaje a punta de pistola, para impedir motines entre los soldados ansiosos. También bebían vino los sitiados en Belchite, porque apenas quedaba agua y la poca que había se empleaba para refrescar las ametralladoras y lavar a los heridos. La mezcla de vino y calor enloquecía a los soldados, cuando no los fulminaba.


Entre el 2 y el 3 de septiembre, los republicanos lograron colarse en el pueblo. Así comenzó la peor carnicería. Los edificios, dañados por los bombardeos, se derrumbaban sepultando a cientos de civiles en los sótanos. Los tanques no podían circular entre aquellas montañas de escombros, y les tocó a los soldados entrar a pie para conquistar a golpe de granada y fusil cada esquina, cada casa, cada calle. Se ametrallaba desde los balcones, se luchaba de una habitación a otra en una misma casa, se abrían boquetes en los tabiques para lanzar bombas al enemigo, unos y otros se perseguían por los sótanos, caían cada vez más edificios y se propagaron incendios voraces. En medio de aquel infierno, los combatientes aislados se daban de bruces con otros combatientes y a menudo estallaban tiroteos y bombazos, antes de que pudieran distinguir de qué bando era cada cual. Así murieron cientos de soldados, a manos de propios y extraños. Y así murieron cientos de civiles, acribillados y reventados, confundidos entre las polvaredas o sorprendidos en una habitación por asaltantes desquiciados. 

Se calcula que al final del 3 de septiembre más de cuatrocientos cadáveres yacían desperdigados por las calles de Belchite, sin que nadie se atreviera a salir para enterrarlos. Y en algunos almacenes se apilaban otros muchos cientos. Herbert Matthews, corresponsal del diario The New York Times, contó que en algunas esquinas los combatientes habían levantado parapetos con ocho cuerpos amontonados. El hedor de la carne quemada y de la putrefacción, acelerada por el bochorno, se extendió por el pueblo. Dicen que esa noche Belchite quedó en silencio durante unas horas. Y que entonces se elevó un rumor desde los sótanos, el de los rosarios rezados por las mujeres y los niños supervivientes.


Última visita

La lucha en las calles se prolongó hasta el 5 de septiembre. Ese día, los últimos nacionales que resistían dentro del Ayuntamiento recibieron la autorización para intentar la huida de madrugada. Sólo trescientos rompieron el cerco republicano. Y de esos trescientos, sólo ochenta llegaron a Zaragoza. A los demás los mataron mientras huían por la estepa.

«Cómo nos matábamos los españoles, Dios mío, con qué saña nos matábamos. A mí me tocó pegar tiros con 16 años, eso no puede ser». Habla Pepe, 86 años, mientras camina muy despacio hacia las ruinas de la iglesia de San Agustín. «Hay que enseñar la historia, decir todo lo que pasó: los unos fusilaron aquí a mil y los otros aquí a mil doscientos. Pero no para decir que unos estaban bien fusilados y otros no. No tenían que haber fusilado a nadie y punto. Todo eso hay que contarlo, para que los jóvenes sepan que la guerra es el mayor desastre. El general Villalba estaba en el ejército republicano y sus dos hijos en el bando nacional. Eso es la guerra: dos hijos luchando contra su padre». 

En el rostro de Pepe se dibuja un mapa de arrugas. Es el único español vivo que luchó durante toda la Batalla del Ebro, del 25 de julio al 15 de noviembre de 1938; casi todos sus compañeros de unidad murieron en el frente, los demás, de viejos. Él no luchó en Belchite, pero ha venido desde Ávila con su mujer y su hijo para conocer el lugar en el que una bomba mató a su mejor amigo. Pepe tiene huesos de 86 años pero, cuando desata recuerdos, le brillan los ojos de un chaval de 17 atrapado en una guerra. «Mi amigo se llamaba Cayetano Sotillos y era portero del Deportivo Abulense. Estaba en esta iglesia, refugiado con un grupo de nacionales, y una bomba lo mató. Tenía mi edad, 17 años». 

Pepe calla un minuto. Mantiene la mirada fija en la iglesia pero no entra en ella. Luego se gira y sigue paseando, arrastrando los pies, por los escombros de Belchite. Su hijo se adelanta para visitar las otras iglesias, los ruinas de los monumentos, pero él prefiere descansar, de pie, a la sombra de unas higueras. Pepe, su mujer y su hijo han venido desde Ávila hasta Zaragoza, donde se hospedan. Hoy se han acercado a Belchite, el destino del viaje. Entre una cosa y otra, varios días, muchas horas en el camino. Pero la visita de Pepe sólo necesitaba un minuto. Ahora prefiere quedarse bajo la higuera.

Sonríe con tristeza, le asaltan los recuerdos. «Había un compañero, Peña, que venía corriendo hacia mí. Y de pronto una ráfaga de ametralladora le reventó la cabeza». Guarda silencio otra vez, la mirada perdida, los ojos acuosos. Luego se gira para hablarnos, con la voz entrecortada. A menudo somos tan resabiados que sonreímos ante las moralejas. Pero ésta, en boca de Pepe, pone la carne de gallina: «Tenéis que respetar siempre a los demás».

Belchite, herida abierta. diariovasco.com.

Deja un comentario