El doble secreto de la Transición / PSOE de problema a pesadilla

El doble secreto de la Transición.

Cuando los problemas sociales no son graves ni hay que hacer mucho más que seguir cierta rutina sobre una base institucional ya asentada, la política puede ser desempeñada por personas de poco fuste intelectual o moral, por los que suelen llamarse mediocridades, como son la gran mayoría de los políticos. Esto no es tan malo como puede parecer, porque una contienda entre personajes con grandes caracteres y visiones del estado puede desestabilizar las instituciones. Pero hay situaciones históricas que exigen personalidades de gran talla, los que solemos llamar estadistas. Una típica es la transición de un régimen a otro. Pues bien, lo primero que sorprende en la transición posfranquista es que pudiera ser dirigida por personajes de tan bajo nivel intelectual y político como Juan Carlos y Suárez. Los dos eran incultos en general, bastante ignorantes de la historia y de mentalidad un tanto  bananera;  sus habilidades apenas sobrepasaban las típicas de los relaciones públicas, con cierta propensión al engaño, que lo mismo pueden servir para un roto que para un descosido.

 Y sin embargo consiguieron algo tan notable como la dicha transición, lo que requiere algún análisis. Lo llamativo de ella son sobre todo dos rasgos: la notable facilidad con que pudo hacerse desde el franquismo, por políticos del franquismo y de la ley a la ley, frente a la dura oposición –sin excluir los atentados– que preconizaba una ruptura radical con el régimen anterior. Y  la facilidad con que fue desmantelado dicho régimen. En estas dos facilidades radica la clave para entender aquel proceso, que he estudiado en La Transición de cristal.

 Pues bien, ¿cómo pudieron realizar la doble faena unos políticos tan mediocres? Por dos razones principales: en primer lugar porque el franquismo había legado un inmenso capital político, esencialmente la prosperidad económica y  la reconciliación nacional, lograda de mucho tiempo atrás. Habían quedado olvidados, para la inmensa mayoría, los odios de la república, hecho crucial reflejado en la debilidad de la oposición antifranquista. Sobre esa base, aun derrochando gran parte del capital, era posible maniobrar cómodamente. El panorama internacional era también favorable, porque casi nadie en Occidente quería aquí una repetición de la caótica transición portuguesa, tan próxima a la guerra civil. Claro que, por otra parte, la mediocridad de los políticos comprometidos en el proceso, tanto los del franquismo como sus contrarios, solo pudo construir una democracia muy lejana de la perfección, como ha terminado por ver casi todo el mundo.

 La segunda razón es que el franquismo estaba agotado, como lo demuestra que el partido principal que agrupó a la derecha, UCD, se compusiera por abrumadora mayoría de gentes del aparato del Movimiento, más unos pocos socialdemócratas, liberales y democristianos. De tiempo atrás había una impresión bastante generalizada de que el aparato ideológico y en gran medida orgánico del franquismo, el Movimiento, estaba anquilosado y burocratizado: ya no podía generar ideas nuevas ante los cambios exigidos por la situación de prosperidad y reconciliación creada por el propio franquismo. La reconversión de los hombres del Movimiento a la democracia fue en su gran mayoría más bien un simple cambio de chaqueta que una actitud fundada en convicciones.

 Quedaban los remanentes del franquismo, bien conscientes de ciertas trampas de la transición, y que aún hoy siguen lamentando, justificadamente, la continua campaña de calumnias y descrédito contra el régimen de Franco y perciben sus peligros para la propia unidad nacional; pero, faltos nuevamente de ideas, tienden a prescindir del análisis de la realidad y atribuir su derrota y su incapacidad para actuar en democracia, a oscuras conspiraciones orquestadas desde misteriosos centros internacionales de poder. Naturalmente que las conspiraciones existen, por todos los lados, pero centrar en ellas el análisis es lo contrario del pensamiento político, impide percibir las causas profundas de los cambios y no hace sino dar armas a sus enemigos. Así, incluso en una crisis de régimen como la actual, les es imposible salir de la marginalidad social en la que, pese a disponer del aparato del régimen, estaban ya antes de la muerte de Franco.

Hoy nos encontramos con que el sistema salido de la Transición, montado sobre un duopolio partidista en combinación con los grupos separatistas de varias regiones, está también agotado, causando una triple crisis: nacional, política y económica. Ello no exige un cambio de régimen, porque la democracia, no debe ser abolida sino perfeccionada o regenerada. Pero demanda políticos de talla superior a la muy lamentable que vemos un poco por todas partes.

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El PSOE, de problema a pesadilla

 Hace tiempo publiqué una reseña del primer tomo de la magna  obra de Enrique D. Martínez-Campos sobre la historia del Partido Socialista. Dicho tomo, titulado El PSOE, ¿un problema para España? dejaba clara la trayectoria de dicho partido desde su fundación hasta la Guerra Civil. Quiero decir que aclaraba con documentos irrebatibles que el PSOE nunca fue un partido democrático, sino de orientación y práctica totalitarias, un factor de perturbación permanente de la convivencia en libertad en España. Así, contribuyó poderosamente a hundir el régimen liberal de la Restauración, y después destrozó la república con una política demencial. La excepción en este  recorrido fue la dictadura de Primo de Rivera, con la que colaboró. 

El nuevo tomo de la serie se titula El PSOE, de problema a pesadilla, y se centra en el período bélico de 1936 a 1939. Nuevamente  encontramos los documentos, las citas, las opiniones de unos y de otros políticos, que empeoran, si cabe, la significación adquirida por el PSOE en los años precedentes. Queda claro en el libro cómo los socialistas cooperaron a implantar y organizar el terror de las chekas y los paseos, cómo se entregaron –antes de los comunistas– a Stalin, a quien convirtieron en árbitro de los destinos del Frente Popular con el envío de las reservas de oro, cómo colaboraron y a veces rivalizaron con los comunistas, los cuales finalmente se impondrían al Lenin español, como propagandísticamente habían llamado a Largo Caballero; quedan señaladas las increíbles fechorías de Negrín… Vale la pena recorrer una trayectoria de la que solo personajes como Zapatero pueden sentirse “orgullosos”. En nuestro tiempo de inversión de valores, el orgullo se reserva a las vilezas. Al mismo tiempo, el PSOE demostró su insignificancia teórica y doctrinal, su marxismo de baratillo cuando, de ser el partido de izquierda más importante al comenzar la guerra, llegó a ser manipulado y orientado por el PCE, es decir, por Stalin, únicos que habían elaborado una verdadera estrategia política y militar. Primero se libraron de Largo Caballero, después de utilizarle, y más tarde de Prieto, quedando solo Negrín como el socialista más identificado con los soviéticos: no en vano había sido el principal autor del envío del oro a la URSS y el más consciente de las consecuencias políticas de tal decisión. 

   En definitiva, y como concluyó al final otro socialista, Besteiro, “Estamos derrotados por nuestras propias culpas (…) Por habernos dejado arrastrar  a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande  que han conocido quizás los siglos”. Besteiro había sido el único jefe socialista de primera fila que en 1934 se había opuesto a aquella línea bolchevique que derivó en la insurrección de octubre de aquel año y luego en la demolición de la legalidad republicana. Y concluye Besteiro con lógica “La reacción contra ese error (…) la representan genuinamente, sean los que quieran sus defectos, los nacionalistas (se refiere a los nacionales) que se han batido en la gran cruzada antikomintern”.  Una lección  nunca fue asimilada por el PSOE, que, reconstruido artificialmente en la Transición a base de campañas mediáticas, dinero negro y picaresca, se ha convertido también en la pesadilla de la democracia actual.

    Los sucesos y desarrollos de la guerra son, en general, bien conocidos y han sido tratados por muchos autores, pero hacerlo desde la perspectiva de la actuación de los socialistas es una novedad, que recuerda el trabajo de Bolloten sobre la política comunista: no se había hecho hasta ahora, al menos con un mínimo de solvencia (las historias de Santos Juliá al respecto apenas superan el nivel de la propaganda justificativa). Por ello este libro viene a llenar un hueco muy importante.

Una anécdota no falta de significación. En el diario Claridad , órgano del sector de Largo Caballero, llegaron a verse análisis como este: “Todos los humoristas acaban al servicio de la barbarie, como Camba, Fernández Flórez, Muños Seca y tantos otros. Hay que desconfiar de los humoristas profesionales. Siempre llevan dentro a un contrarrevolucionario“. Y ciertamente no hablaban por hablar. A los humoristas que, como Muñoz Seca, cayeron en manos de la izquierda, les aplicarían un correctivo mortal.  

   Siempre he pensado que si la gente conociera la historia  del PSOE, casi nadie le votaría. Su éxito se basa en la mentira sistemática..

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