Nos vemos en el Cielo!

Lo único que está claro, cuando no ha comenzado el proceso de canonización, es que aquellos 59 murcianos fueron cruelmente asesinados. Su delito probado, según los expedientes que maneja la Diócesis y el testimonio de testigos y hasta de verdugos, era ser cristianos. En muchos casos, su perdición se produjo por el empeño de seguir predicando, cuidando enfermos o ancianos a pesar de las prohibiciones y toques de queda.

Fuentes del Obispado insisten en que el proceso, que será abierto el día 20 por el obispo, «no persigue recuperar nuestra memoria histórica ni enfrentarnos a nadie. Cada expediente lleva años de trabajo y ahora se logran reunir». Entretanto, aclaran que «la Iglesia se limitará a decir que aquellas gentes eran santos. Y hay que probarlo. No puede quedar ninguna duda».

El modus operandi de las ejecuciones era casi idéntico en todos los casos. Los milicianos acudían de madrugada a la casa de la víctima y la escoltaban hasta el Puerto de la Cadena o el campo de tiro de Espinardo, en Murcia. En Cartagena, al puerto o al cementerio de Santa Lucía. En Lorca, al Coto Minero. Una vez allí, les animaban a blasfemar y los fusilaban. Otros perecían en la cárcel, como le ocurrió al párroco del Carmen, Sotero González, quien luego fue arrastrado, colgado y quemado.

Más crueles fueron quienes mataron a los ancianos del Asilo de Nuestra Señora de Lourdes. Andrés López, cura de San Bartolomé, quiso defenderlos. Todos fueron fusilados. Con Andrés, por su valentía, se ensañaron. El forense concluyó que le habían arrancado los ojos. A José Cánovas, párroco de Santiago, en Lorca, le intentaron abrir la cabeza después de muerto para sacarle los sesos. En el caso de Agustín Delgado, cura de Mazarrón, su anciana madre le dio unas monedas porque creyó que quienes lo llevaban a la ciudad eran sus amigos. «Son para el viaje», le advirtió. Uno de sus verdugos se suicidó más tarde. Otros corrieron peor suerte. Según el forense, Fernando Martínez, párroco de La Copa, en Bullas, fue enterrado vivo. Entre los mártires figura Ángel Romero, marido de la Fundadora de las Religiosas de Cristo Crucificado. También un redactor de La Verdad, Pedro Alcántara.

En el proceso de canonización habrá que demostrar que ante la muerte no renunciaron a su fe. En algunos casos, es fácil. Por ejemplo, se conserva una carta de Juan José Martínez, coadjutor de Totana, donde advierte a un amigo de que «no debes sentir pena. Estamos separados del mundo y entregados a Dios. Por tanto, nuestra condición aquí no debe inspirar a nadie compasión, sino envidia. Tú has estado aquí poco tiempo y no puedes saborear las dulzuras de este lugar».

El lugar era la prisión donde le obligaban a permanecer con los brazos en cruz. Fue fusilado en 1937. En la mayoría de los expedientes se recoge que las víctimas, en el instante de ser fusilados, gritaban a los otros detenidos «¿Nos vemos en el Cielo!», haciendo patente su condición de creyentes. Curiosamente, gran parte de estos testimonios fueron contados por sus propios verdugos, lo que les otorga más credibilidad.

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