Amnistias

JON JUARISTI

Aunque la campaña abertzale por la amnistía sea impresentable y siniestra, mucho tonto útil acudirá al reclamo

LOS nacionalistas vascos celebran hoy la fiesta mayor de su calendario, Aberri Eguna (el «Día de la Patria»), y lo hacen desde una situación de clara hegemonía en el ámbito autonómico. Como no resultaba difícil de pronosticar tras el cierre en falso del ciclo del terrorismo, la jornada se dedicará a presionar a las instituciones del Estado para imponer la excarcelación de los presos de ETA.

Estamos, y creo que no hay que engañarse al respecto, en los umbrales de una nueva transición, esta vez sin visos de consenso acerca de cuál podría ser su objetivo deseable. Lo que el nacionalismo vasco plantea es una reedición de la amnistía de 1977. Sobra decir que su concesión por el Gobierno (y me sitúo en un terreno puramente hipotético) supondría el fin del sistema democrático todavía vigente y provocaría un marasmo político general. La transición ya no podría regirse por el principio de mantenimiento de una legalidad siquiera provisional, que sería, en cualquier caso, el acuerdo mínimo requerido para abordar una reforma constitucional en profundidad o incluso un proceso constituyente en toda regla.

Aparentemente, el contexto actual no es tan propicio a la estrategia del nacionalismo vasco como lo era tras la muerte de Franco. Entonces, las cárceles rebosaban de presos políticos (no sólo de ETA, obviamente) y, además, los nacionalistas disponían de un relato que resultaba verosímil, aunque fuera en realidad más falso que un rólex de hojalata. El relato en cuestión venía a decir que el régimen franquista había sometido a los vascos a una opresión intolerable, prohibiendo el uso de su lengua, escarneciendo su cultura y favoreciendo la emigración hacia la industriosa Vasconia de masas ingentes de campesinos empobrecidos de otras regiones con la sola finalidad de españolizar el territorio. ETA habría surgido como reacción a aquella tiranía vergonzosa, para luchar por la democracia y la libertad de los pueblos de España, no únicamente del vasco. Todo mentira, por supuesto. No se prohibió el uso del vascuence, la cultura vernácula siguió medrando al amparo de las diputaciones y ayuntamientos franquistas, y una buena parte de los recursos humanos y económicos de España se destinaron a impedir el hundimiento de una región industrial en crisis permanente. ETA nació precisamente para impedir que tal situación cambiase, cuando al régimen se le ocurrió abordar una distribución más equitativa de la renta nacional.

El relato coló porque el antifranquismo de masas -un fenómeno posterior a la muerte de Franco- estaba dispuesto a tragar lo que hiciera falta con tal de forzar el cambio político. El relato que la izquierda abertzale ha construido aceleradamente a lo largo del último año para justificar su campaña por la amnistía es mucho más chapucero, y se basa en la siniestra sandez proferida por Laura Mintegui, hace unas semanas, desde la tribuna del Parlamento de Vitoria: las «muertes políticas» causadas por el «conflicto vasco» habrían podido evitarse mediante el diálogo. O sea, en castellano: la culpa de que ETA asesinase a un millar de ciudadanos la tuvieron quienes se negaron a ceder a su chantaje. No sólo es un relato carente de verosimilitud. Es que no contribuye en nada a reconstruir unos consensos mínimos, todo lo contrario. Por otra parte, no hay hoy en las prisiones españolas presos políticos. Hay unos cuantos matarifes y unos cuantos mangantes que asesinaron y robaron con la excusa de servir al pueblo, que es algo muy distinto. Sin embargo, estoy seguro de que el nacionalismo vasco reclutará aliados entre la inmensa multitud de tontos humanitarios y resentidos que nos alegra la vida.

Histórico Opinión – ABC.es – domingo 31 de marzo de 2013.

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